Efectivamente, y aunque nos parezca increíble, nuestro cerebro crea la ilusión de tridimensionalidad cuando visualizamos nuestro entorno. Esto lo hace en base a las dos imágenes que, por separado, son captadas por cada uno de nuestros ojos. Es decir, nuestro cerebro, sin la información que obtiene por los ojos, no sería capaz de transmitirnos el efecto de volumen, perspectiva, tamaño, planos, etcétera que tienen los objetos a nuestro alrededor .

Entonces, ¿si nos tapamos un ojo no veríamos el mundo en 3D? Sí, así es, con la salvedad de que si lo que estamos observando lo hemos visto en repetidas ocasiones con anterioridad, nuestro cerebro se acordará y será capaz, una vez más, de engañarnos y transmitirnos un efecto tridimensional. Para hacer una prueba de esta situación se puede ir a un sitio donde nunca antes se haya estado y taparse inmediatamente un ojo: ¿seríamos capaces de apreciar la distancia a la que se encuentran cada uno de los objetos? La respuesta es no, veamos el porqué.

En la base de cualquier tipo de percepción tridimensional, se encuentran determinados procesos fisiológicos y psicológicos relacionados con la llamada visión monocular y visión binocular. Estos dos procesos que desembocan en la creación de una sensación de volumen, dota a los objetos de un aspecto sólido y los sitúan en un punto concreto del espacio.

La visión monocular es aquella relacionada con un solo ojo, es decir imágenes planas que son procesadas por nuestro cerebro con las que, gracias a diferentes factores, podemos percibir aspectos tridimensionales. Entre estos factores se encuentran la perspectiva, el tamaño de un objeto con respecto a otro, las luces que se proyectan desde diferentes ángulos y las sombras que estas generan así como la superposición de objetos que nos indica qué está delante y qué detrás.

Por otro lado, en la visión binocular intervienen ambos ojos. Al estar situados en posiciones diferentes, recogen cada uno una imagen ligeramente distinta de la realidad que tienen delante. Esas pequeñas diferencias se procesan en el cerebro para calcular la distancia a la que se encuentran los objetos obteniendo una sensación de profundidad o volumen. Esta es la base de la estereoscopia, cualquier técnica capaz de recoger información visual y crear la ilusión de profundidad, en la que se basan los cines, las pantallas de televisión o los reproductores portátiles para ayudar a nuestro cerebro en la tarea de crear el efecto tridimensional. En resumidas cuentas, si tomamos dos imágenes con un ángulo ligeramente distinto y se las mostramos a cada ojo por separado, el cerebro podrá reconstruir la distancia y por lo tanto la sensación de tridimensionalidad. Algo tan sencillo que lleva usándose desde 1840 cuando Sir Charles Wheatstone inventó esta técnica.

En la actualidad, existen dos formas de “emitir” en 3D: con el uso de gafas y sin ellas. En lo que se refiere al primer método, con el uso de gafas, la ilusión óptica de 3 dimensiones en una superficie bidimensional puede ser creada proporcionando a cada ojo información visual diferente. Las clásicas gafas 3D crean la ilusión de 3 dimensiones cuando se está viendo una imagen especialmente preparada. Las gafas más famosas son las llamadas anaglifo, tienen una lente roja y una azul que transmiten por cada lente una imagen diferente. Otro tipo de gafas 3D usan filtros polarizados, con una lente polarizada verticalmente y la otra horizontalmente. El polarizado 3D permite especificar los colores 3D, mientras que las lentes rojo-azul producen una imagen en un particular blanco/negro con franjas rojas y azules. También existen otro tipo de gafas que usan un obturador electrónico que hace que cada lente se oscurezca a intervalos muy rápidos e inapreciables para el ojo humano de forma que llega una imagen distinta a cada ojo.

El segundo método, tecnológicamente más avanzado, nos elimina el incomodo uso de gafas a través de una evolución de las pantallas de forma que sean ellas las que nos proporcionen una imagen diferente a cada ojo. La técnica más común es la llamada “Parallax Barrier” cuya imagen final está hecha interpolando columnas de dos imágenes de una escena tomada con dos cámaras separadas una distancia equivalente a la distancia entre ojos. Esta imagen final y una rejilla vertical están alineadas de modo que el ojo izquierdo pueda ver solamente las tiras de la imagen para el ojo izquierdo y el ojo derecho pueda ver solamente las tiras de la imagen para el ojo derecho. Otra técnica más avanzada y que será el futuro del 3D, es la denominada hoja lenticular. Esta técnica se basa en utilizar una hoja lenticular, la cual es una hoja de lentes finas y largas que consigue el mismo efecto del parallax barrier pero que tienen la ventaja de que no es necesario estar alineado con la pantalla para percibir la sensación de tridimensionalidad.

Resumiendo, nuestros ojos son como cámaras fotográficas, es decir, obtienen imágenes planas de dos dimensiones. Debido a la separación que existe entre ambos ojos, esta visión binocular consigue dos imágenes que son ligeramente distintas. Estas diferencias varían en función de la distancia a la que se encuentran los diferentes objetos que caen en nuestro campo de visión. Nuestro cerebro es el encargado de interpretar esas imágenes planas de manera que construye la tridimensionalidad a la que estamos acostumbrados.

Los diferentes sistemas de visión tridimensional intentan reproducir la forma en que nuestros ojos registran imágenes del mundo real, para que percibamos la imagen en una pantalla plana como si fuera 3D, pues recuerda que es nuestro cerebro quien crea el efecto tridimensional.

Reflexión de nuestro experto José Serrano Verdejo  (Product Manager)

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